Monday, February 22, 2010

De la mirada del poeta.

Dicen que existen tantas realidades como personas que la analicen. Y esto debe ser así por las difcultades que vemos para que la gente se ponga de acuerdo. Pero hay como grandes grupos, que si bien no llegan a la unicidad de criterios y hasta son bien variadas sus posiciones, digamos que encuentran similitudes en lo que ven y sienten con respecto al mundo que los rodea.

Yo, deliberadamente y sin justificación racional o científica, los divido de la siguiente forma: el racionalista, el místico o religioso, el materialista o superficial y, quizás el mas incomprendido de todos, el poeta.

Veamos el mundo según cada uno de ellos frente a una misma situación, algo simple, digamos que los paramos frente al mar: el racionalista ve una solución de sodio en agua que, sometida a las leyes físicas, realiza una erosión sobre las rocas. El místico o religioso ve la obra del creador seguir su voluntad, si su dios quiere se abre el mar al medio y pueden llegar al otro lado sequitos y listos para matar a los infieles que no crean. El materialista verá un buen lugar para poner una reposera, tomar sol y exhibir su cuerpo para seducir a otros que anden por allí. Y estamos los poetas, que vemos la inmensidad del mar acariciando las costas en un eterno retorno al ser que nunca podrá poseer. ¿Qué tenemos en la cabeza los poetas? ¿Por qué nos enamoramos del titilar de las estrellas?,¿ por qué una rosa marchita nos entristece y vemos en los ojos del ser amado un precipicio que nos invita a saltar?

Y lo que uno escribe o relata es lo que ve, no inventamos, mas bien al revés: es un ejercicio el aprender a hablar como los demás, el repetir lo que los otros dicen aunque esté vacío de significado para nosotros. Nos cuesta acostumbrarnos a imitar la indiferencia de los otros frente a un atardecer en el mar o en las sierras, o mismo si está nublado y lloviendo y el sol prefiere esconderse antes de volver a vernos ahogar un suspiro.

Y pretendemos adaptarnos y nos persignamos en un templo lleno de signos y símbolos genuflexantes, vacuos y sin sentido para nos. Y nos adornan los títulos que conseguimos en nombre de la sociedad cuando en realidad buscamos el sentir por sobre todo, el sentir… se preocupan al vernos dejar caer una lágrima sin motivo: “dejame, estoy bien” … “¿Sos tarado?” Callan (no siempre) por respeto o por temor a que rompamos en llanto diciendo: “estoy bien, ¿no entendés que estoy bien?”

Cuanta incomprensión frente a nuestra tenacidad y empeño en ir junto a aquel que nos abandona, o la búsqueda de la soledad, del silencio y hasta el coqueteo con la muerte a quien también pretendemos seducir en búsqueda de experiencias y nuevos sentimientos.

Es que los poetas somos eso: seducción, creación, sentimiento, pasión. Nuestro corazón se estira y contrae bombeando imágenes a nuestras venas, se retuerce hasta llegar al orgasmo que nos produce el reflejo de nuestro verso en la emoción del otro.

No llamo aquí poeta solo al que escribe poesía, al valiente que vive de la lisonja que la sociedad moderna tiene para este obrero del sentimiento, de la palabra, llamo también poeta al abogado, al ingeniero, al científico, a la maestra, al carpintero, al albañil, al peón de campo, a todo aquel que guarde la poesía en un altar dentro de su corazón, al que lucha valientemente para mantenerla viva y latiendo, al que sueña, al que suspira y se enamora, al que le duele y se pregunta, al que cultiva y crea dentro suyo una metáfora que dignifica su propia realidad frente a la incertidumbre del ser.

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